BIENVENID@S

Bienvenidos a mi Blog. Mi intención con este blog es desmentir y aclarar mentiras, mitos y leyendas que sobre el Socialismo o Socialismos ( lo dejo a volutad de cada cual) que se han ido generando a lo largo de las decadas a lo largo y ancho del planeta. Creo que es evidente que de la misma manera que intentaré desmentir asuntos tendré que confirmar otros. Sea como sea, espero que este blog se desarrolle de forma entretenida y didactica para cualquiera.

La libertad de expresión en este blog queda absolutamente garantizada, asi que sentiros libres de opinar, argumentar, preguntar y explicar sobre cualquier tema relacionado con el titulo de este espacio en la red de redes. Lo que no esta permitido es el insulto, las amenazas y cualquier otra cosa indigna de un espacio de formación y debate como pretende ser este.

SALUD Y REVOLUCIÓN.

jueves, 16 de julio de 2009

Polémica entre Justo Serna y Pio Moa ( VI )

6. Una pena, don Justo, 14 de noviembre de 2005

Despedida de Pío Moa

Convendrá usted conmigo, don Justo, en que el nivel de la enseñanza en España no es para tirar cohetes, algo no muy sorprendente después de cuatro o cinco lustros de hegemonía “progre” y, en algunos sectores, tuselliana. Stanley Payne, en mi opinión, describe bien la situación –con las obligadas excepciones-- al señalar cómo la historiografía contemporánea española está “anquilosada desde hace mucho tiempo por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante”. Peor todavía, con respecto a mis trabajos, en lugar de adoptar una posición todo lo agresiva que se quiera, pero ceñida al tema y con un mínimo de decencia intelectual, encontramos, como también señala Payne “persistentes exigencias de que Moa sea silenciado o bien ignorado. Reclamar tal censura demuestra la estrechez mental de los sectores dominantes de la historiografía española, así como que carecen de todo interés por establecer el menor diálogo o debate, cosas que resultan verdaderamente asombrosas al cabo de cerca de treinta años de democracia. Todo ello plantea la cuestión de saber si la democracia se ha implantado de verdad en las universidades españolas”. En tales condiciones la manía de algunos profesores de enarbolar títulos académicos, máxime como argumento de autoridad, parece una inmodestia excesiva.

A estos males se añade una total ausencia de sentido autocrítico, que impide salir del marasmo. El rechazo de tantos de esos profesores a debates que, les guste o no, están ya planteados, acentúa el estancamiento. Además, las malas costumbres creadas por muchos años de rutina y prepotencia les han llevado a olvidar los criterios más elementales de la crítica o el debate historiográfico. Cuando leí su comentario sobre mi libro, pensé: menos mal, aquí tenemos a alguien que ha leído lo que critica. Un cumplido que usted, picajosamente, interpretó como un insulto. Y después de otro turno de réplica usted se escabulle haciéndose el ofendido y sin dejar de divagar un momento.

La primera regla para evitar que un debate se convierta en un galimatías o en un duelo de sarcasmos más o menos ingeniosos, pero vacuos, es atenerse al tema. Y el tema no es si yo invento palabras o tengo mejor o peor estilo, o si el lenguaje sirve para mostrar y ocultar, o si mi libro le parece a usted un panfleto, o en qué consiste un panfleto, y otras lucubraciones en que usted se pierde y nos pierde a sus lectores. El tema consiste, concretamente, en las tesis de mi libro. Le he indicado algunas de ellas, para centrar la discusión, pero usted insiste en irse por las ramas con cuestiones secundarias o que no vienen al caso.

También importa, señor Serna, leer con atención y no atribuir al adversario lo que no dice. Por ejemplo, usted me achaca la pretensión de que todos los antifranquistas fueron estalinistas. ¿Dónde digo eso? Lo que digo, y pruebe usted a rebatirlo, es que quienes trasladaron su antifranquismo de la verborrea a una oposición sistemática fueron los comunistas. Y también fueron ellos, fundamentalmente, quienes fabricaron la tesis alucinante, que pasa por historia en medios progres, según la cual los valores de la democracia durante la guerra venían representados por una alianza de stalinistas, anarquistas, marxistas revolucionarios, racistas, y golpistas catalanes y republicanos.

En un debate sobre un libro conviene juzgar éste por lo que es, y no especular con lo que usted supone que debería ser. A su juicio, yo debería haberme ocupado de las familias del régimen, de los ministros, de Carrero Blanco y no sé cuántos asuntos más. Mire, el libro no es una biografía ni un estudio detallado de las interioridades del régimen, sino un balance general. Trata, como explico en él, de establecer la significación histórica del franquismo en relación con su época y con el problema de la democracia en España, exponiendo con claridad los hechos decisivos y su lógica, y mostrando la vaciedad de muchas interpretaciones corrientes. Y a ese efecto las cuestiones mencionadas por usted no añaden nada esencial. También Payne comentaba esa manía tan extendida en España de juzgar una obra por lo que no es.

Le sugiero asimismo invocar menos unos métodos historiográficos que usted no parece dominar. La metodología de ustedes recuerda al tipo que, ante un cadáver con un puñal en el corazón, clavado por la espalda, dictamina solemnemente: “Este hombre tenía que estar vivo, porque carecía de enemigos”. Según ustedes, Franco “tenía que” haber perdido la guerra civil, porque era un inepto; “tenía que” haber entrado en la guerra mundial, porque era un fascista amigo de Hitler; tenía que haber contribuido al holocausto judío, porque detestaba a los judíos; tenía que haber sido derrotado por el boicot internacional combinado con el maquis, porque tenía en contra al pueblo y a casi todo el resto del mundo; tenía que haberse empecinado en una economía autárquica, porque era muy bruto; tenía que haber dejado un país paupérrimo y analfabeto, porque era ignorante y oscurantista; tenía que haber durado mucho menos, porque el pueblo le odiaba y la oposición era muy democrática y amante de la reconciliación…

Como comprenderá, los métodos “académicos” que llevan a tales conclusiones sólo pueden ser tan ridículos como las conclusiones mismas. Según Orwell, para soltar cierto tipo de estupideces es preciso haber pasado por la universidad. La frase, va de suyo, no ataca al espíritu universitario, sino a su desviación pedante y sofística. La desviación, en la cuestión aquí tratada, procede quizá de muchos intelectuales que medraron en la administración franquista, o no encontraron tiempo para oponérsele, como dice Savater, y ahora, sintiendo acaso que han echado a perder su juventud, se esfuerzan valerosamente por derrotar al difunto Caudillo… En fin, si me permite un consejo de metodología expositiva, empiece usted por demostrar con datos y argumentos la falsedad de mis tesis, o de alguna de ellas. A continuación muestre cómo esa falsedad procede de un mal método. Así perderíamos menos tiempo.

Dos palabras sobre las divagaciones con que usted, citando a Tusell y a Ridruejo, persiste en oscurecer el hecho evidente de la prosperidad bajo el franquismo: “Como bien dijo Javier Tusell, en realidad, el franquismo retrasó un desarrollo económico que hubiera podido darse antes y, de hecho, se dio en otras naciones europeas que partían de una situación peor que la española (Italia y Alemania)”. No partían de una situación peor, pues tenían una base de infraestructuras, aunque momentáneamente averiadas, y de gente preparada técnicamente, muy superior a la española, y por tanto mayores facilidades para rehacerse. Además no sufrieron un bloqueo económico, ni el maquis, y fueron agraciadas con el Plan Marshall. Los argumentos de Tusell llevan siempre ese toque de simpleza.

Y, sobre todo, un historiador serio no puede hacer tal comparación. La implicación de Tusell es que si los useños hubiesen invadido España e impuesto una democracia todo habría ido sobre ruedas. Sandez muy propia de los políticos exiliados causantes de la guerra y ansiosos de volver en triunfo sobre los tanques extranjeros: aquellos políticos a quienes Azaña retrata tan bien como incorregibles botarates. Pero los líderes anglosajones, y especialmente Churchill, eran menos botarates, y entendieron bien que España podría resultar difícil de dominar para los tanques useños, y que la aventura tenía las mayores probabilidades de terminar en una nueva guerra civil, con consecuencias explosivas en una Europa devastada y hambrienta. ¿Ve usted la diferencia? Un análisis histórico no puede consistir en una exposición de deseos.

El hecho atendible para el historiador es que España se rehízo lentamente a causa del bloqueo y otras privaciones, y de una política económica desacertada. Pero al corregir el régimen esa política, liberalizándola, el país experimentó un salto adelante como no lo había experimentado nunca antes ni volvió a experimentarlo hasta la fecha. Por eso, por su capacidad de rectificación, entre otras cosas, Franco dejó un país próspero. Esa evidencia no la desmiente el “método” de las especulaciones tusellianas más una frase de Ridruejo carente de lógica. Y Tusell fue cualquier cosa menos demócrata, aplicó su espíritu inquisitorial siempre que se lo permitió su “cuota de poder”, vale la pena recordarlo.

Tampoco conviene hablar sin base. Dice usted: “Llamar guerra civil a los hechos del 34 es una arbitrariedad semántica, un anacronismo deliberado, un modo de convertir una revolución, indudablemente violenta, en guerra para así justificar mejor la actuación de Franco”. E insiste: “decir que los sublevados eran de izquierdas no es lo mismo (¿?) que afirmar que quisieron, organizaron y por fin llevaron a cabo la guerra civil. Eso significa atribuirles deliberación no sólo en preparar una guerra (cosa que usted no ha demostrado), sino en consumar la guerra”. Si usted hubiera leído Los orígenes de la guerra civil, o el más divulgativo 1934, comienza la guerra civil, sabría que el partido de Companys reaccionó al triunfo electoral de la derecha, en 1933, declarándose “en pie de guerra”, y que intentó el golpe de estado y promovió, en el verano de 1934, un ambiente de rebeldía y preparativos armados, esto es, de guerra civil. Y que los socialistas, no yo, definieron como guerra civil su insurrección. Usted, que habla tanto de método, no se ha molestado en consultar los documentos. En el 34 la guerra fracasó, como tal, en casi todas partes (aunque dejando muertos en 26 provincias), pero en Asturias tuvo todas las características de ella.

Concluye usted: “si fueron los socialistas y los nacionalistas catalanes de izquierda quienes llevaron a cabo la guerra civil en 1934, entonces Franco no se sublevaría en 1936, sino que continuaría un choque bélico que otros ya habrían empezado”. En cierto modo ocurrió así. Las izquierdas no pudieron continuar la lucha en el 34 al haber sido derrotadas, pero no abandonaron, en lo esencial, las actitudes que los llevaron a organizar la guerra. Por eso, en cuanto volvieron al poder, crearon de nuevo una situación revolucionaria. La diferencia es que Franco, en el 34, defendió la legalidad democrática, mientras que en el 36 estaba convencido de que la democracia no podía funcionar en España. Y ciertamente no podía funcionar con aquellas izquierdas mesiánicas. Por eso doy tanta importancia, para explicar la democracia actual, al legado al legado de moderación (no sólo de de prosperidad) dejado por su régimen. Una moderación que las izquierdas y los separatistas están volviendo a perder, para desgracia de todos. Le repito: la guerra, la posguerra, y el propio franquismo fueron la consecuencia de la destrucción de la democracia por las izquierdas.

Una última observación sobre algunas palabras que tanto le irritan. Digo Jrúschof y no Khruschev o Kruschev, porque es la transcripción adecuada en español de la palabra rusa en cirílico. Me parece un servilismo seguir la transcripción inglesa o francesa, como se hace corrientemente. “Panfleto agitativo” está bien dicho, o especificado, porque no todos los panfletos son agitativos. Como está bien dicho autodeclararse, ya le dije en otra entrega por qué, y aunque tenga algo de la redundancia del “suicidarse”. En cuanto a “Usa” y “useño”, me parece más corto, útil y justo que “americano”, “norteamericano”, etc. Lo he explicado en un artículo en Libertad Digital, que puede encontrar en la sección “firmas”. Lo titulaba, creo recordar, “La conveniencia de un rebautismo”.

En fin, señor Serna, lamento su retirada del debate, lo siento también por los voluntariosos izquierdistas que llevan años esperando que alguno de los suyos me vapulee dialécticamente o, al menos, me replique con razonamiento y datos en lugar de desplantes y declamaciones. Por si usted recapacita, vuelvo a proponerle una discusión más precisa. Podríamos empezar con la organización de la guerra por las izquierdas, cosa de la que todavía no parece usted muy convencido. En espera de sus noticias, reciba usted un saludo animoso.

Polémica entre Justo Serna y Pio Moa ( V )

5. Adiós, señor Moa, 12 de noviembre de 2005

Despedida de Justo Serna

Como muchos sabrán, desde hace unos días, desde que yo hiciera una reseña crítica de ‘Franco. Un balance histórico’ en mi bitácora, el autor de este libro, Pío Moa, replica e insiste a partir de mis respuestas incurriendo en los mismos latiguillos, latiguillos en el doble sentido de la expresión: emplea frases que repite innecesariamente para así abreviar los contenidos de su libro y de paso promocionarlo; y latiguillos..., como esos recursos declamatorios y exagerados de que se valen los actores u oradores con el fin de arrancar un aplauso de su público ya convencido. Esto que ahora sigue es mi respuesta y mi despedida.


Llama usted, señor Moa, divagación a lo que es mi análisis de su escritura y de sus procedimientos historiográficos, a cómo opera con el lenguaje, lenguaje que sirve para decir y para encubrir; a cómo maneja los datos, con qué contrasta las informaciones y a qué fuentes las remite. Que yo me ocupe de eso no es desviarse: según se escriba la historia tendrá mayor o menor solidez argumental una investigación. En su caso, y en este plano, las debilidades son de dos tipos. En primer lugar, además de emplear una prosa en la que se permite licencias expresivas y sintácticas a veces extravagantes, se muestra muy pródigo en la creación de palabras inexistentes en español. Por ejemplo: “panfleto agitativo”, un neologismo inaceptable; “Jrúschof”, nombre que corresponde al sucesor de Stalin y que acentúa o no de manera arbitraria y que hoy ya no se transcribe así; “inconclusivas amenazas”; “la prensa useña”, empleando ese inaudito e inexistente adjetivo numerosas veces para referirse a los estadounidenses, adjetivo que procedería del nombre del país, USA, que usted pone en minúscula. ¿Por qué no habla de UK para referirse a la Gran Bretaña? ¿Cómo deberíamos llamar a sus naturales? ¿Ukeños? Pero dejemos sus modos expresivos.

Usted sigue empeñado en no responder a mis críticas historiográficas, esas mediante las cuales juzgo su último libro (y juzgo muy negativamente) y que sirven para entender las reglas argumentales de un género. Y el género al que se acoge no es, por supuesto, la biografía, pero tampoco el ensayo. Es el panfleto. No se asuste, señor Moa. Como bien sabe, una de las herramientas de la vida política contemporánea es el panfleto, que cuando se presenta sin encubrimientos es una forma dignísima de expresarse. Los panfletos son declaraciones de intenciones generalmente presentadas con una retórica afectada. En el mejor de los casos son monumentos de la oratoria. Lo significativo de todos los panfletos es que recrean la realidad con la palabra. Al designar los hechos ya conocidos dándoles nuevos nombres los hacen visibles como nunca lo habían sido. Por eso, los panfletos proclaman unos enunciados que son o acaban siendo ‘realizativos’: contienen descripciones de las cosas que al expresarse realizan la cosa, frases que propiamente reconstituyen la realidad al definirla, al nombrarla, al designarla.

Los autores panfletarios se valen de voces viejas o nuevas y las dotan de significados particulares que aplican sobre hechos que sus contemporáneos no juzgan así. El panfleto no es un género propio de profesores, sino de agitadores: es una escritura que hace declaración de intenciones y a la vez la crítica de lo que se juzgan vicios interpretativos o falsedades. A los agitadores no les interesa la ilustración paciente y demorada, que es propia del medio académico, sino las prisas, la acumulación de panfletos para así torcer el sentido de las cosas.

En su libro, señor Moa, nos recuerda que usted habría “estudiado con detenimiento” en sus anteriores volúmenes el proceso que conduce a la Guerra Civil. Por eso, añade, ahora en esta nueva obra sería reincidente volver sobre lo mismo: “no viene al caso entrar aquí en detalle, pero hoy está fuera de toda duda razonable, creo, el hecho de que los socialistas y los nacionalistas catalanes de izquierda quisieron, organizaron y por fin llevaron a cabo la guerra civil en octubre de 1934”. Usted puede haber estudiado algo anteriormente, algo que dice cambiar el sentido dado a ciertos hechos. Bien mirado, ese argumento presunto (el del 34 como una guerra civil organizada por los socialistas y nacionalistas catalanes de izquierda) sería el único que usted habría aportado en sus abundantes obras. Se trata, ya lo ve, no de una contribución documental sobresaliente, una exhumación de documentos ignorados que cambiarían lo estudiado hasta entonces, sino de una reinterpretación de lo ya sabido aplicando sobre lo viejo una palabra o categoría hasta entonces no empleada para ese fin.

Llamar guerra civil a los hechos del 34 es una arbitrariedad semántica, un anacronismo deliberado, un modo de convertir una revolución, indudablemente violenta, en guerra para así justificar mejor la actuación de Franco. Franco no habría sido duro o especialmente duro: Franco habría sido un combatiente en un conflicto bélico. Y, además, ese retorcimiento semántico le permitiría alterar el sentido de las cosas: decir que los sublevados eran de izquierdas no es lo mismo que afirmar que “quisieron, organizaron y por fin llevaron a cabo la guerra civil”. Eso significa atribuirles deliberación no sólo en preparar una guerra (cosa que usted no ha demostrado), sino en consumar la guerra. Si fueron los socialistas y los nacionalistas catalanes de izquierda quienes llevaron a cabo la guerra civil en 1934, entonces Franco no se sublevaría en 1936, sino que continuaría un choque bélico que otros ya habrían empezado. Con esa operación usted alivia a los franquistas que aún vivan y de paso inculpa a sus principales derrotados que todavía sobrevivan. Por otra parte, en el fondo, incurre en una contradicción argumental. Para empezar su aserto dice a la vez: “está fuera de toda duda razonable, creo”. ¿Cómo puede estar algo fuera de toda duda si hay numerosos académicos que contradicen su afirmación? ¿Cómo puede estar algo fuera de toda duda y al mismo tiempo añadir “creo”? Es inconsistente afirmar una cosa como evidente y ponerle ese reparo.

Usted inicia su libro dando muestras del odio que Franco habría despertado entre los comunistas e incluye como pruebas los testimonios de Pablo Neruda, de León Felipe y de Carlos Castilla del Pino, testimonios que son versos y que le sirven para mostrar la inquina general de los antifranquistas..., unos antifranquistas que serían simplemente estalinistas. Si Neruda hizo una ‘Oda a Stalin’ y Neruda fue un comunista y un antifranquista que escribió un poema titulado ‘El general Franco en los infiernos’ lleno de imprecaciones al dictador, entonces todos los antifranquistas habrían estado guiados exactamente por el mismo odio: serían, por tanto, comunistas, serían inevitablemente estalinistas y no sé, en fin, si todos serían también versificadores profesionales o aficionados. La operación es un sofisma: simplemente embustera. Como el Partido Comunista de España fue la cabeza más organizada del antifranquismo, entonces o no hubo antifranquismo fuera del PC o todo el antifranquismo (más o menos numeroso) sería estalinista. Además, que de ese retrato espléndido de la España de Franco, esa iluminadora radiografía del miedo y la mediocridad que son las memorias de Castilla del Pino, usted sólo extraiga unos versos circunstanciales y jocosos demuestra cómo se vale de las pruebas documentales.

Entre los retos con que insiste en desafiarme hay otro que usted juzga evidentísimo: “Franco dejó un país próspero y moderado”, insiste. Mire, señor Moa, como bien dijo Javier Tusell, “en realidad, el franquismo retrasó un desarrollo económico que hubiera podido darse antes y, de hecho, se dio en otras naciones europeas que partían de una situación peor que la española (Italia y Alemania). Como escribió Ridruejo, cuando el régimen se atribuía el desarrollo económico, actuaba como lo haría el práctico portuario que, después de una galerna, se atribuyera el mérito de haberla aplacado”.

Para qué continuar: me produce una gran pereza insistir en lo mismo siendo usted absolutamente sordo a las cuestiones de procedimiento y de planteamiento que le señalo, eso que usted llama con ignorancia historiográfica mi 'farfolla introductoria'. Para qué seguir sobre todo cuando su volumen, que dice ser un ensayo, es en realidad una defensa panfletaria del franquismo. Observe, como le he dicho, que el panfleto es un género apreciable de la escritura política, pero no es equiparable al ensayo y menos aún a la monografía histórica, en la que han de aportarse y aprontarse fuentes, documentos y no meras reinterpretaciones de materiales de segunda o de testimonios vicarios. ¿Dónde figuran las fuentes en ‘Franco. Un balance historiográfico’? Además, le insisto, su sedicente ensayo es una sucesión de anacronismos que sonrojarían a cualquier historiador académico que no se dejara llevar por la furia polémica o por el mero ‘presentismo’.

¿Para qué aludir e inculpar indirectamente a Rodríguez Zapatero si de lo que se estaba tratando era de la época franquista? Hacer eso es tomar el pasado como espejo del presente aplicando sobre él una operación manipuladora: una racionalidad retrospectiva según la cual todo estaba prefigurado o anunciado o esbozado en forma de embrión, pues el curso del tiempo nos mostraría la consumación de lo que entonces se alumbraba. O en otros términos: es aplicar analogías entre comportamientos alejados en el tiempo para salvar la rectitud, clarividencia y buen hacer de aquel dictador y para, de paso, condenar a los socialistas embistiendo contra su actual dirigente. Etcétera.

Deja muchas cosas sin decir y sin analizar con el pretexto de no querer recurrir a explicaciones psicológicas, pero nada nos indica acerca de las familias del Régimen, de los ministros, sus colisiones y colusiones, y sus cambios, sus adaptaciones. Nada nos dice de sus principales valedores y sobre todo nada señala, por ejemplo, del que fuera elemento principal del último franquismo: Carrero Blanco, aquel almirante que gozara de gran poder y escasa visibilidad, un personaje de oficina que alcanzó una gran influencia a lo largo del franquismo. Pero, claro, para poder hablar de ese personaje y sus poderes, usted debería haber visitado el archivo privado de Carrero, el archivo de la Presidencia del Gobierno, el Fondo de López Rodó (sito en la Universidad de Navarra). Etcétera, etcétera.

Si la conclusión de su obra es que la dictadura de Franco no fue totalitaria durante todo el tiempo, entonces no hemos avanzado gran cosa. Ya hace muchos años que Juan J. Linz presentó el franquismo como un régimen autoritario en el que habría cierto pluralismo interno (las familias del Régimen), en el que el ejercicio efectivo del poder habría recaído sobre un líder o a veces sobre un pequeño grupo (la corte áulica del Pardo, por ejemplo), en el que no se habría dado una ideología definida de principio a fin, y en el que la movilización extensa e intensa de la población no habría sido corriente, salvo en algunos momentos en que el dictador estaba necesitado de reafirmación.

Pero..., ¿para qué le digo todo esto, si a usted esas cosas no le importan, si a usted lo que le importa es dar cobertura publicitaria a una obra que no aporta nada que usted mismo no hubiera dicho de antemano o que otros no lo hubieran señalado o anticipado.

Polémica entre Justo Serna y Pio Moa ( IV )

4. Justo Serna y la Historia, 11 de noviembre de 2005

Réplica de Pío Moa a Justo Serna

Soy Pío Moa y he remitido a Periodista Digital el siguiente texto de réplica al artículo de Justo Serna.
Señor Serna, veo que en su intento de replicar a mis tesis no abandona usted el terreno de la divagación, ahora con pretensiones moralistas.

Ante mi tesis de que el proceso revolucionario había liquidado la democracia desde febrero de 1936, comenta usted: “¿Ah, pero la democracia no había fracasado ya en 1934, según la tesis que usted defiende? ¿Pero los socialistas no estaban preparando la Guerra Civil desde 1934, según insiste en su libro? Entonces..., ¿para qué retrasar el fin de la democracia al 36? Pues, precisamente, para justificar el Alzamiento.”

Ahí se ve que usted ha leído menos de lo que pretende. El PSOE, los nacionalistas catalanes y otros organizaron la guerra civil en el 34, y no porque yo lo diga, sino porque ellos lo expresaron con plena claridad. ¿Puede ignorarlo un historiador académico? Pero fracasaron, y la democracia continuó, aunque malherida, porque la derecha (Franco también) defendió la legalidad republicana. Luego, en 1936, en unas elecciones anómalas, los mismos que habían asaltado la república en el 34, o apoyado el asalto, ganaron el poder y la calle. La derecha ofreció su colaboración a Azaña para frenar el proceso revolucionario, pidiéndole que cumpliese la ley. Azaña rehusó, y su gobierno colaboró en dicho proceso, deslegitimándose. Y al destruir la ley, es decir, la democracia, ocasionaron la guerra, y no al revés. Le recomiendo mi libro 1936, el asalto final a la República, con 120 páginas de documentos reproducidos, o, si lo prefiere, el de Stanley Payne El colapso de la República.

Para negar que Franco evitó la entrada de España en la guerra mundial, se apoya usted en Tusell. Vamos a ver, ¿entró o no entró España en esa guerra? ¿Quién era el responsable, es decir, el jefe del estado y del gobierno entonces?... Naturalmente, Franco tuvo tales o cuales dudas o tentaciones, pero el balance final no admite dudas. La evidencia histórica más elemental no puede rebatirse, salvo para cierta historiografía enredosa, supuestamente académica. Pregunta usted si Tusell “me produce especial incomodidad”. Le diré: quienes, como él, han tratado de oscurecer los hechos a base de palabrería, me parecen cómicos. Y me producen incomodidad, por decirlo suavemente, los inquisidores hipócritas que, también como Tusell, han tratado de imponer la censura a las obras discrepantes, y han explotado descaradamente la negativa de “El País” a concederme el derecho de réplica a sus dicterios. También usted escribe en “El País”, y no he notado que tal ataque a la más elemental decencia académica y democrática le produjese la menor incomodidad.

Otro hecho evidentísimo: Franco dejó un país próspero y moderado. Y otra vez quiere usted negarlo con divagaciones demagógicas: “O sea que el esfuerzo, la abnegación laboral de los españoles, la capacidad creativa de los empresarios, sobreponiéndose incluso a los procedimientos económicos iliberales del Régimen..., ¿son sólo elementos secundarios y no mencionados para así destacar mejor la labor de una dictadura?”. Pero hombre, ¿no hay en Cuba abnegación laboral y capacidad creativa de los empresarios? ¿Por qué allí éstas no fructifican y en la España de Franco sí? Además, ¿por qué después de 1975, prácticamente en todo el resto del siglo XX, no volvió a alcanzarse el índice de convergencia con la Europa rica alcanzado entonces? ¿Es que en la democracia bajó la abnegación y la creatividad? Obviamente, las políticas económicas del franquismo fueron, en conjunto, muy acertadas.

Usted sustituye la lógica más elemental por retórica moralista, admitiendo de paso, implícitamente, mi tesis, al afirmar que el éxito económico del franquismo merece “nuestro desprecio político y moral”. Quizá su desprecio, don Justo, pero no el de la inmensa mayoría de los españoles que se beneficiaron de él. Y se pregunta usted si dicho éxito “lo justificará el porvenir”. Pues mire, yo no conozco a ese señor, quizá usted sí y le haya hecho confidencias. A ver si nos las cuenta. No sé si se percata de que por estas vías la discusión baja mucho de nivel.

Yo sostengo que el franquismo no tuvo alternativa real, porque no hubo oposición democrática digna de ese nombre, y la que hubo era mucho más antidemocrática que aquel régimen. Y usted vuelve a replicar con declamaciones: “Admitamos que pudiera haber antifranquistas como usted los describe (pocos y antidemocráticos), pero que su radiografía, simplificación y generalización le lleven a presentarlos a todos así es simplemente una ignominia intolerable. Hubo represaliados, encarcelados, perseguidos, exiliados que creían firmemente en la democracia y si fueron pocos, se debió, entre otras cosas, a la eficaz política represiva del Régimen”

¿Bueno, ¿hubo o no hubo pocos? Por supuesto, fueron (fuimos) pocos, y casi todos comunistas y/o terroristas. ¿Quiénes eran aquellos “firmes demócratas”? ¿Quizá los que execraron a Solyenitsin por decir la verdad sobre la URSS y constatar la amplia libertad personal existente en España? Le aclararé algo: si la represión fue eficaz se debió, precisamente, a tenía enfrente muy pocos enemigos. Pocos y totalitarios en su gran mayoría. La verdad nunca es ignominia, y negarla sí.

Sigue usted declamando para rebatir mi aserto de que la democracia actual procede del franquismo por reforma y sin ruptura: “La Transición fue un pacto entre la reforma y la ruptura, una aceptación de condiciones mutuas”. No señor, fue un proceso “de la ley a la ley”, y la oposición sólo colaboró en él después de fracasar en su huelga general rupturista y el boicot al referéndum de reforma. Éstos son datos y no retórica.

Y sigue usted en las mismas: “No triunfaron los sectores reformistas del Régimen, sino todos los españoles, incluidos los partidarios de la Ruptura”. Por supuesto, todos los españoles se beneficiaron de la reforma, tal como una ruptura habría traído el caos. ¿Tiene usted alguna duda? Fíjese en que aquellos rupturistas que aceptaron, al parecer a desgana, la democracia, la están poniendo hoy en crisis: los separatistas y el PSOE, con el telón de fondo del terrorismo nacionalista vasco. ¿O no?

Señor Serna, hay una diferencia esencial entre su concepción de la historia y la mía. Yo creo que un historiador no debe “justificar” o “condenar” el pasado, como usted se empeña en hacer distribuyendo juicios morales triviales. Un historiador serio trata simplemente de acercarse a la comprensión de la historia con datos precisos o estimaciones razonables. Su vanidad, señor Serna, le lleva al insulto cuando me acusa de “esparcir (sic) denuestos y hacerme perdonar mi vieja condición de extremista”. Nunca se me pasó por la cabeza que tuviera que hacerme perdonar nada, y menos de jueces vanos como usted. Sospecho que en aquel franquismo que tanto detesta, usted estaría probablemente medrando en la administración del mismo, como tantos acérrimos “antifranquistas”… a destiempo.

Dejo de lado la farfolla introductoria de su artículo, excepto la presunción de que yo no presto atención a las fuentes. Aquí vuelve usted a hablar por hablar. El libro de Franco es un ensayo general, y no precisa más fuentes que las que tiene, como demuestra la incapacidad de usted para rebatir sus tesis. Por si quiere mejorar su crítica, le sugiero abordar cada uno de los cinco puntos en un artículo diferente, con más extensión, más datos y menos retórica. También le sugiero leer mi trilogía sobre la república y la guerra civil: allí verá usted si presto o no atención a las fuentes primarias, en particular aquellas del PSOE y la izquierda que muchos pretendidos académicos ignoran o quieren ocultar. Respecto a Preston, he demostrado su constante falsificación de los hechos. Él no ha podido replicar más que con declamaciones y acusaciones vacías, como usted mismo.

En fin, al apoyarse en Preston usted se autodeclara progresista. La expresión es correcta: el juez o el cura pueden declarar a una pareja marido y mujer. También una pareja puede prescindir del trámite y autodeclararse tales, otra cosa es que tenga efectos legales. ¿Entiende?

Polémica entre Justo Serna y Pio Moa ( III )

3. Pío Moa y el antifranquismo, 11 de noviembre de 2005

Réplica de Justo Serna a Pío Moa

El día 8 de noviembre pasado, aquí, en mi bitácora y en ‘Periodista Digital’ publiqué un artículo titulado ‘Francisco Franco y Pío Moa’. Se trataba de una crítica serena y respetuosa (creo obrar así habitualmente) del último volumen de este autor: ‘Franco. Un balance histórico’. Dos días después, el 10 de dicho mes, el señor Moa responde en ‘Periodista Digital’.

Admite, de entrada, que “Don Justo Serna ha criticado mi libro sobre Franco, afortunadamente después de haberlo leído, no como otros”. ¿Cómo que afortunadamente...? No acostumbro a criticar volúmenes que no haya leído. Por tanto, ese comentario sobra, ya que hace una imputación sobre lo que yo hago o dejo de hacer basándose probablemente en experiencias anteriores que nada tienen que ver conmigo. Mal empezamos, pues.

Pero dejemos hablar al señor Moa. Ustedes perdonarán esta filología de urgencia. “Hombre, me dije, menos mal, a ver si alguno de estos señores autodeclarados progresistas lee lo que condena y acepta de una vez un debate serio y honesto”, dice el señor Moa. Hay en ese juicio algo verdaderamente deplorable. ¿Por qué me llama ‘autodeclarado progresista’? Que yo sepa en mi artículo sobre su obra yo no proclamo mi posición política e ideológica, sea progresista o retrógrada. Por tanto, difícilmente voy a ‘autodeclararme’..., forma verbal, por cierto, inaceptable. Uno se declara algo: no se autodeclara. Por otra parte, ¿cómo que leo lo que condeno? Como usted me incluye entre los ‘señores autodeclarados progresistas’ (o sea que me califica o estigmatiza por lo que cree que son mis ideas y por tanto me juzga sectariamente), le resulta extraño que yo pueda leer cosas que me satisfacen y cosas que me irritan y de las que, por ejemplo, extraigo nutriente intelectual. Lo que desde luego no hago es leer porque de antemano condeno lo que voy a examinar.

Sigamos con las palabras del señor Moa: “Pero… la decepción, una vez más. El señor Serna me acusa de ‘parasitar’ a Preston. Nunca he oído que demostrar concretamente el falseamiento de la verdad por un autor, en este caso por Preston, sea parasitarlo. Quizá para no “parasitarme” a mí, el señor Serna elude precisar, y me dedica una declamación nebulosa y algo pedante”. Verá, señor Moa, yo no empleo el verbo ‘parasitar’, que como bien sabe, no existe. Lo que digo es: “En realidad, el volumen de Moa es subsidiario del libro que Paul Preston dedicara al dictador (“el buen Preston”, dice con condescendencia), y con la excusa de corregir “su habitual arbitrariedad” sorbe sus contenidos de manera parasitaria”. Es decir, no se basa en fuentes documentales distintas a las empleadas por el historiador británico, sino que es deudor de fuentes secundarias, muy manoseadas por tantos autores previamente, y que usted no complementa con otras nuevas. Su libro es subsidiario en el sentido de que podría leerse como un anexo, un volumen adicional que hace polémica del anterior. Debería saber, señor Moa, que en la investigación académica española (o mundial), cuando uno no aporta fuentes nuevas, no escribe un libro, sino un artículo de controversia. Publicar un volumen sin documentos diferentes es aprovechar el formato libro para vender un producto parasitario.

Pero el señor Moa añade: “el lector sólo sacará en claro que mi libro no le ha gustado, sin que quede muy claro por qué. El señor Serna, me parece, no sabe hacer una crítica historiográfica, fallo muy extendido y lamentable, pues dificulta la discusión o la lleva hacia la pura irracionalidad. Así me hace acusaciones por el estilo de la anterior, generales y gratuitas, a veces cómicas, como la de haber escrito un ensayo en vez de una biografía, o la de faltar a ‘las reglas del ensayo’...”. Dice usted que su libro no me ha gustado y que eso es lo que el lector sacará en claro, sin que pueda averiguar por qué. Su libro, en efecto, me ha decepcionado enormemente porque no se ajusta a las maneras comúnmente aceptadas de lo que ha de ser una publicación académica. Yo no defiendo a nadie, simplemente le señalo lo que es de recibo o lo que no es de recibo en la Universidad española, inglesa, francesa, italiana o estadounidense. Dice (aunque no parece tenerlo muy claro) que no sé hacer crítica historiográfica. Bueno, eso es una imputación, una digresión incluso, pero no un argumento. Mire, mi principal dedicación es precisamente la historiografía y justamente por eso examino los libros de historia no sólo por lo que dicen o por sus contenidos sino por el aparato formal y documental en que se basan. ¿A usted le parece, señor Moa, que las críticas formales en la historiografía (sobre las prácticas académicas, sobre los géneros de escritura, sobre el académico manejo y cita de fuentes) son irracionales, generales, gratuitas o cómicas? ¿Usted cree que los documentos son un asunto meramente nebuloso en la historiografía? Yo no le descalifico: simplemente me parece inaceptable su modo de hacer un balance historiográfico sin fuentes primarias.

Pero lo más grave no es eso. Lo peor son los anacronismos, esas analogías forzadas que usted establece (ya ve: con escasísimas fuentes entre el hoy y el ayer, entre el presente y el pasado, entre los socialistas en la República y los socialistas de nuestros días) y las generalizaciones: usted vilipendia a la historiografía académica y los adjetivos que yo entresacaba (cerril, mendaz) no me los invento. Figuran en su libro. Más aún, ahora en PD la llama ‘grotesca’. Si usted ha tenido malas experiencias con colegas míos..., ése es su problema, pero no me atribuya a mí sus inquinas o rencores, y sobre todo no generalice acerca de la mala calidad e inclinaciones de la investigación histórica universitaria, cosa que es disparar perdigones a diestro y siniestro.

Cansado de examinar mis críticas, la segunda parte de su réplica abrevia la diatriba y reproduce las tesis básicas del libro, que al fin y a cabo de eso se trata: de difundirlo. Y añade: “Pruebe el señor Serna a rebatir, de modo concreto y preciso, una sola de esas tesis. Conste que no lo juzgo imposible, porque no me siento poseedor de la verdad absoluta, pero en todo caso pruebe a hacerlo. Así adelantaríamos algo”. Me reta, pues, y dice:

“1.- Franco no venció a la democracia, sino a la revolución. El proceso revolucionario había liquidado la democracia en España desde febrero del 36”.

¿Ah, pero la democracia no había fracasado ya en 1934, según la tesis que usted defiende? ¿Pero los socialistas no estaban preparando la Guerra Civil desde 1934, según insiste en su libro? Entonces..., ¿para qué retrasar el fin de la democracia al 36? Pues, precisamente, para justificar el Alzamiento.

“2.- Franco evitó la entrada de España en la guerra mundial, salvando al país de una devastación mucho mayor que la guerra civil. A sus enemigos, en cambio, les importaban poco los cientos de miles de muertos consiguientes, con tal de triunfar ellos. Sin embargo, cualquier intervención de España, en uno u otro bando, habría llevado a Inglaterra al borde del colapso”.

Las tesis sobre la posible intervención de la España franquista en la Guerra Mundial que hoy se manejan son muy distintas a las que usted plasma en pocas páginas. Si le molesta lo que Preston dice sobre esto, lea a Javier Tusell, a quien, por cierto, margina y cuyas obras ('La dictadura de Franco', 'Franco en la guerra civil' o 'La España de Franco') simplemente ignora siendo como son acercamientos mesurados y ajustadísimos sobre la significación del Régimen y sobre sus múltiples aristas. ¿Es que, acaso, Tusell le produce especial incomodidad?

“3.- Aunque el franquismo fue una dictadura, no todas las dictaduras son iguales. Las comunistas, tan admiradas por la oposición a Franco, han dejado países en la ruina y con grandes dificultades para el asentamiento de las libertades. La franquista dejó un país próspero y políticamente moderado, gracias a lo cual la transición fue un proceso bastante fácil y exitoso”.

O sea que la prosperidad, el crecimiento y el desarrollo se debieron a los ‘Planes de Idem’. O sea que el esfuerzo, la abnegación laboral de los españoles, la capacidad creativa de los empresarios, sobreponiéndose incluso a los procedimientos económicos iliberales del Régimen..., ¿son sólo elementos secundarios y no mencionados para así destacar mejor la labor de una dictadura? Es como si dijéramos que el Chile próspero que sucede a Pinochet es resultado de la dictadura, sin reparar en los costes humanos y sin tener en cuenta el dolor que la tiranía infligió. Es como si la dictadura china se justificara porque reintroduce hoy y subrepticiamente el capitalismo. ¿La justificará en el porvenir? Repase a Vargas Llosa: verá lo que nos dice de la bondad económica de estas dictaduras, bondad de sus políticas económicas que merecen nuestro desprecio político y moral.

“4.- El franquismo nunca tuvo alternativa real. No hubo, o no hubo apenas, oposición democrática, y la que existió era mucho más antidemocrática que aquel régimen, por mucho que usara de modo espurio la consigna de las libertades. Por eso duró tanto la dictadura, muy suavizada ya en los años sesenta”.

¿O sea que el antifranquismo fue esencialmente antidemocrático y, además, el poco que hubo sólo usó de modo espurio la consigna de las libertades? Admitamos que pudiera haber antifranquistas como usted los describe (pocos y antidemocráticos), pero que su radiografía, simplificación y generalización le lleven a presentarlos a todos así es simplemente una ignominia intolerable. Hubo represaliados, encarcelados, perseguidos, exiliados que creían firmemente en la democracia y si fueron pocos, se debió, entre otras cosas, a la eficaz política represiva del Régimen.

“5.- La democracia actual procede del franquismo por reforma y sin ruptura. Los antifranquistas buscaban la ruptura para hacer tabla rasa de cuarenta años de historia y enlazar con la convulsa II República. Fracasaron, pero ahora se sienten otra vez fuertes, y vuelven a lo mismo, echando abajo la Constitución mediante hechos consumados, y llevando al país a una nueva crisis”.

La democracia actual procede del franquismo como cualquier régimen que venga después: por simple sucesión cronológica. La Transición fue un pacto entre la reforma y la ruptura, una aceptación de condiciones mutuas, un ‘echar al olvido’, como dijo Santos Juliá. No triunfaron los sectores reformistas del Régimen, sino todos los españoles, incluidos los partidarios de la Ruptura, que convinieron con sus adversarios en un sistema que diera acogida a todos.

Señor Moa, resulta lamentable estar hablando de lo que, en el fondo, no es más que la justificación histórica de una dictadura, una justificación hecha con anacronismos, sin fuentes, aprovechando la labor documental de otros, esparciendo denuestos y haciéndose perdonar su vieja condición de extremista. Yo nunca lo fui y por eso no debo esforzarme en el vilipendio. Pero, por lo que parece, la discusión historiográfica usted parece confundirla con la polémica contra Rodríguez Zapatero. Por eso, yo le decía que es un anacronismo el reproche que hace a la sociedad española, por su actitud distante ante el dictador benevolente: “una sociedad que no sepa reconocer y apreciar los méritos de quien la ha beneficiado está condenada a seguir a demagogos enterradores de Montesquieu, infinitamente ansiosos de paz con los terroristas y de buen rollito con los separatistas y con los dictadores que más amenazan a su país”. Concluye, señor Moa. Que ésa sea la conclusión de su balance histórico, un balance dedicado a una dictadura, resulta un extravagante desenlace para un volumen que se presentaba no como un panfleto sino como un ensayo.